ARQUEOLOGÍA MEDIEVAL:

José Manuel Rodríguez García
(extracto de un artículo propio)
espada

    Sólo en los últimos años, la excavación de los campos de batalla y fortalezas diseminados a lo largo de nuestra península, han podido aportar importantes datos históricos que hasta ahora se desconocían. Esta carencia se había tratado de suplir recurriendo a otras fuentes como las iconográficas. Las excavaciones se han mostrado fundamentales en el estudio del armamento medieval peninsular, técnicas militares y de encastillamiento, u otros datos políticos; confirmando, negando o ampliando las tradicionales fuentes escritas. Cinco importantes batallas pueden darnos la clave de tres momentos históricos claves para la historia de Castilla-León:
   1. Alarcos (1195) y Navas de Tolosa (1212). Cenit y derrumbamiento de los almohades.  2. Salado (1340) y Algeciras (1344). Control del estrecho para Castilla-León.  3. Aljubarrota (1385). El decisivo enfrentamiento entre Lusos y Castellanos.


Ruta de los campos de Batalla



1. Alarcos (1195, Ciudad Real). En un movimiento pendular de la historia, y después de la caída del imperio almorávide, surgieron los segundos reinos taifas en al-Andalus. A todo ello le siguió, como era de esperar, un debilitamiento del poder musulmán y la recuperación de la ofensiva por parte cristiana, en la segunda mitad del s. XII,  encabezada por dos reyes legendarios, Sancho el Fuerte de Navarra y Alfonso VIII de Castilla. Como era de prever los andaluces, a pesar de la lección histórica que supuso la venida de los almorávides, volvieron a llamar al nuevo poder reinante en el norte de África,  los Almohades, alimentados también por sentimientos reformistas. Así como ocurriera con su antecesor Alfonso VI, Alfonso VIII nada más oír la noticia de la llegada de los nuevos refuerzos africanos decidió salir a su encuentro lo antes posible, aun sin esperar la llegada de la mayor parte de las tropas con que el rey podía contar, conformándose con recoger las tropas y mesnadas que se unieran en su veloz viaje al Sur. El choque se produjo en un campo que ya había visto e iba a seguir viendo otras muchas confrontaciones entre moros y cristianos. Nos referimos a lo que se conocería como el Campo de Calatrava, al sur de la provincia de Ciudad Real, zona de paso obligado entre la meseta manchega y el campo andaluz, entre Toledo y Córdoba. Una, puerta de Castilla y el otro, paso para Andalucía. La zona, muy fortificada, tenía sus cuatro puntos básicos en los castillos de Calatrava la Vieja, Alarcos, Salvatierra y Dueñas (o Calatrava la Nueva, como se denominaría después de 1212). Estos dos últimos guardando el vital paso del Muradiel, y los dos primeros ejerciendo el control efectivo del territorio. Calatrava la Vieja, desde que en 1158 los Templarios renunciaran a su defensa, se había convertido en la sede de la Orden Militar hispánica de Calatrava, la cual también controlaba los castillos de Caracuel y Salvatierra, entre otros. Aparte de este eje Norte-Sur, Alarcos, de propiedad compartida entre el rey y la Orden,  también se encontraba en otra encrucijada de comunicaciones Este-Oeste, que hizo que Alfonso VIII, a pesar de lo insalubre del lugar -en principio había sido elegido por razones puramente estratégico-militares ya en época romana-, decidiera impulsar en persona el desarrollo de un núcleo urbano amurallado, alrededor del primitivo castillo. Es precisamente en ese momento, como así han demostrado las hallazgos arqueológicos, cuando se producirán lo hechos históricos aquí narrados. Las excavaciones que han venido desarrollándose durante los 10 últimos años tanto en Alarcos como en Calatrava la Vieja aportan importantes datos a la historia. Por una parte se confirma que la batalla tuvo lugar a los pies del castillo y villa de Alarcos, a su Sudoeste, limitado por Alarcos y cerro del despeñadero al norte, el río Guadiana al oeste, y la cima 648, situada al Oeste del actual Poblete. La táctica cristiana tradicional consistía en la carga frontal de su masa de caballería en oleadas sucesivas, intentando reagruparse para volver a cargar. Si conseguían romper las líneas enemigos antes de dispersarse la victoria era suya; si no, se encontrarían envueltos en una "melée" con grandes posibilidades de perder debido a que normalmente eran sobrepasados en número por los musulmanes y acababan siendo rodeados. Fue eso lo que volvió a pasar aquel día. Cuando las tropas cristianas tras su derrota buscan refugio en el recinto, las excavaciones demuestran que hubo una primera resistencia alrededor de las murallas que defendían la nueva villa -que ocupaba todo el cerro-, las cuales aún no se habían acabado de construir. Así tenemos la presencia de cadáveres y restos de la batalla en las fosas de cimentación de dichas murallas, limpias, por otra parte, de cualquier otro elemento extraño al momento. Así mismo, se pudo datar precisamente la cronología de los restos de cadáveres encontrados en las murallas por la localización de monedas contemporáneas. Esa primera resistencia posibilitó la huida del rey castellano por la puerta norte de las murallas de la ciudad, y no del castillo, como dicen las crónicas, ya que no existe una puerta norte en dicho castillo. Los supervivientes de la primera resistencia pasaron a refugiarse en el castillo que corona la cima de Alarcos, donde ofrecieron su última lucha hasta la salida negociada. Calatrava la Vieja fue también asaltada en 1195,  y en 1212, como resultado de la campaña de Las Navas, al igual que ocurriría con Alarcos. Tanto Alarcos como Calatrava la Vieja siguen aún en excavación y constituyen el único campo de batalla medieval excavado en Castilla-León. Los frutos de dichas excavaciones se pueden contemplar in situ, en el museo de Ciudad Real, y en Calatrava la Nueva.

    Uno de los frutos de las excavaciones es que es prácticamente indistinguible discernir si los cuerpos o armas encontradas pertenecían a un bando u otro. Ello nos lleva a pensar que desde mediados del s. XII hay un fuerte proceso de aculturación entre ambos pueblos en la península que hace que adopten vestimentas y armas muy similares. El creciente triunfo de los ejércitos cristianos hizo que el bando andalusí adoptara gran número de las armas y corazas de los pueblos cristianos al asociarlo con sus victorias. Esto fue especialmente patente durante esta segunda mitad del s. XII y gran parte del s. XIII hasta que la llegada de un nuevo pueblo norteafricano viniera a modificar levemente la situación
 1.b. Navas de Tolosa (1212, Jaén) La dramática derrota de Alarcos había provocado el pánico en los reino cristianos peninsulares, y así lo cuentan las crónicas. La sensación de peligro no sólo era tomada muy en serio por los castellano-leoneses, sino también por el papa y el resto de Europa. Por eso, cuando a comienzos de 1211, la fortaleza de Salvatierra, último reducto cristiano en el vital campo de Calatrava, cayó ante un nuevo empuje almohade, el clamor castellano fue escuchado por el resto de Europa que, ante la predicación papal de la cruzada, personificada en el arzobispo toledano Jiménez de Rada, acudió a la defensa de Castilla. Esta vez el rey castellano Alfonso VIII no iba a estar solo. Además de sus propias tropas, iba a contar con el apoyo de los reyes de Navarra, Sancho, y Aragón, Pedro. Y, a pesar de que el rey leonés no sólo no acudiera a la lucha, sino que incluso aprovechara la coyuntura para tomar algunos castillos fronterizos disputados con Castilla, sí es patente la presencia de nobles y tropas leonesas entre los efectivos cristianos que lucharían en Las Navas. A ellos habría que añadir el importante efectivo de cruzados europeos. No obstante, la mayor parte  -no todos- de éstos últimos, se retirarían en los primeros días de la campaña, tras la reconquista de los castillos de Calatrava y Salvatierra; al parecer por discrepancias en la manera de tratar a los infieles - siendo los peninsulares mucho más tolerante que los ultrapirenaicos- y a la propia dureza de la campaña.

    El califa al-Nasir, también se dirigía orgulloso de su imponente ejército de almohades, tropas africanas, mercenarios, aliados andaluces y voluntarios de la fé -que como siempre formarían la vanguardia-, al encuentro de las tropas cristianas.

    Sería demasiado contar todos los acontecimientos de la campaña; baste decir que los musulmanes se aposentaron en una inmejorable posición del paso de Almuradiel, cortando de esta manera el camino a los cristianos a la submeseta bética. De hecho éstos quedaron en una situación harto complicada cuando Alfonso VIII decidió apresurar la marcha, metiéndose de tal manera en la boca del lobo que estratégicamente sólo tenía dos soluciones: una arriesgada y humillante retirada hacia territorio cristiano por donde habían venido y aún así contando con la esperable oposición musulmana; o una muy arriesga apuesta por una batalla en la situación que estaban, debajo del campamento musulmán y rodeados de montañas. Sin embargo, la leyenda vuelve a  aparecer diciendo que un pastor de la zona logró conducir a Alfonso y su ejército a través de un angosto y desconocido paso para los musulmanes a través de la sierra, que hizo colocar a las tropas cristianas en la retaguardia de al-Nasir, y teniendo el campo abierto de acceso a Andalucía a sus espaldas. Así, tras unas largas marchas que habían llevado a los cristianos desde Castro Ferral (donde aún se levantan las ruinas de una antigua torre), a Puerto del Rey, para acabar, gracias al pastor, en la Mesa del Rey, y al obligado traslado del campamento almohade a la colina al Noroeste de la actual Santa Elena, las tropas se enfrentarían el  16 de Julio de 1212, bajo un sofocante calor. La lucha se debió generalizar alrededor de Miranda del Rey, habiéndose colocado el palenque del Miramamolín a la espalda de la colina que protege el asentamiento. Las descripciones de la lucha, con la famosa victoria cristiana, se pueden encontrar en todas las crónicas contemporáneas y posteriores, tanto musulmanas como cristianas. Todas hablan del igualado y sostenido combate, sólo roto por la carga desesperada de los tres reyes al mando de lo que quedaba de las reservas cristianas. Todas hablan de la encarnizada lucha alrededor del palanquín del califa almohade rodeado por su guardia negra juramentada; y todos, en definitiva, de la humillante y acalorada huída del califa con sólo un puñado de los suyos, a uña de caballo, a través de Sta. Elena en dirección a Vilches y Baeza. La victoria cristiana fue total, el botín inmenso, y la derrota almohade definitiva. Desde ese momento la autoridad almohade en la península empezaría a caer inexorable y rápidamente, y el camino para la reconquista cristiana de Andalucía quedará abierto.

Tampoco de este vital campo de batalla se han realizado excavaciones sistemáticas. Sólo alguna prospección superficial a mediados de siglo logró hacerse con un puñado de puntas de flecha y lanza, algunas de las cuales se guardan en el Museo del Ejército de Madrid. Es una pena, ya que el número de efectivos y la riqueza y variedad de sus componentes y armamento debió ser considerable, como se muestran de acuerdo todas las fuentes de la época. Y es razonable pensar que gran número de dichos restos quedaran sobre el campo de batalla. Las excavaciones podrían mostrar el desarrollo y emplazamiento exacto de los acontecimientos, los resultados prácticos de la batalla, el armamento de los combatientes y la composición de los mismo ¿había claras diferencias entre cristianos y musulmanes; entre africanos y andaluces...? ¿Qué hay de cierto sobre las siempre famosas y decisivas cargas de la caballería nobiliaria, no jugaban un papel importante los infantes? ¿Se podrían observar trazas de una defensa o ataque organizado? En fin, tantas cosas que una excavación sistemática y metódica podía responder y que aún no se ha hecho. Actualmente, un tapiz considerado parte de la tienda de al-Nasir, se guarda con el nombre de el "pendón de las Navas" en el monasterio de las Huelgas, en Burgos

escudos

2. Salado (1340, Cádiz).  Después de la conquista de la mayor parte de Andalucía por parte de Fernando III  (reunificación definitiva de Castilla-León, 1230) y Alfonso X, quedaba un espinoso y fundamental problema a resolver si se quería afrontar con éxito la parte final de la Reconquista que daría fin al único reino moro superviviente en la península: el reino nazarí de Granada. Éste, a pesar de ser una poderosa entidad en sí misma, había contado con el apoyo más o menos querido, más o menos soportado, de la tribu benimerí, el nuevo poder norteafricano desde 1270. Los reyes cristianos veían claramente que sin un control del estrecho de Gibraltar, que pusiera fin a las continuas levas de contingentes africanos dispuestos a luchar contra los cristianos en la península, éstos nunca podrían estar tranquilos. A tal fin iban encaminadas las campañas de Sancho IV de Castilla y León, pero no fue hasta época de Alfonso XI cuando se consiguió dicho objetivo. Entre 1339 y 1345 se desarrollaron  unas duras campañas en las costas y campos de Cádiz y Gibraltar entre ambos poderes por el control del estrecho. En 1339, Abu-l-Hasan y sus aliados nazaríes derrotaron a la flota cristiana que guardaba el estrecho. Ello les permitió pasar un impresionante contingente de tropas norteafricanas que deberían asegurar las plazas cristianas del campo gaditano y gibraltareño, empezando por Tarifa. Los benimerines y granadinos pusieron estrecho cerco a la ciudad no antes de que sus defensores enviaran mensajeros al rey informándoles de su situación. Alfonso XI, que ya se temía algo por el estilo, había logrado convocar un importante ejército entre sus súbditos castellano-leoneses, ayudados por portugueses y aragoneses. Con dichas tropas marchó rápidamente hacia la ciudad sitiada. Mientras tanto, los sitiadores haciendo gala de su imperecedero estigma, se habían mostrado incapaces de rendir la ciudad, a pesar de haber contado con importantes máquinas de asedio (algunos de sus proyectiles de piedra, hallados mientras se excavaban las murallas de la ciudad, se encuentran en el museo provincial). Las tropas de refresco cristianas, logran pasar a marchas forzadas por las últimas estribaciones de los colinas costeras gaditanas hasta plantarse en la orilla occidental del río Salado, a pocos kms al Oeste de Tarifa. Acto seguido, Alfonso XI logra pasar refuerzos al interior de la ciudad sitiada la noche previa a la batalla, que tendría lugar el 30 de Octubre de 1340. La victoria cristiana de Alfonso XI de Castilla-León y Alfonso IV de Portugal, contra Abu-l-Hasan y Yusuf I de Granada se cimentaría en el logro de las tropas cristianas de vadear el río Salado frente a la oposición musulmana; y se culminaría con la decidida salida de los defensores de la ciudad atacando la retaguardia enemiga. La victoria volvió a ser total, aunque no definitiva. Lo reyes moros lograrían escapar hacia Algeciras, aunque dejando un inmenso número de muertos y botín sobre el campo de batalla. El botín fue tan considerable que el precio del oro y la plata cayó en picado en los mercados de la península y en gran parte del sur Europeo. El pendón de Abu-l-Hasan Alí se guarda en el tesoro catedralicio de Toledo. Las monedas musulmanas circularon con fluidez por Castilla y algunas se encuentran en los diferentes tesorillos que se pueden encontrar por diversas partes de la península. Sin embargo, otra vez, el campo de batalla en sí, no ha sido excavado sistemáticamente. Los únicos restos arqueológicos que tenemos son el pendón, algunas monedas y hierros hallados en prospecciones superficiales, y lo que se encontró en, la por otra parte no completa, excavación de las murallas de Tarifa.

2.b. La victoria no había sido total. Pero ahora la iniciativa la llevaba Castilla. Su flota, reforzada de manera muy significativa por buques genoveses y una flota aragonesa logra al fin hacerse con el control del estrecho hacia 1242, fecha en la que se iniciaran los preparativos para el cerco y toma de la plaza musulmana de Algeciras. Las excavaciones llevadas a cabo en dicha ciudad, alrededor de su alcazaba y murallas, en conjunción con las crónicas y documentos, nos han permitido conocer de manera más perfecta cómo se desarrolló el cerco y el tipo de ingenios y sistemas que se utilizaron para el mismo. Una vez completado el cerco marítimo se establece el terrestre. Los defensores amparados tras el foso que rodea a las barbacanas, que a su vez protegen a las torres y murallas de la ciudad señoreadas por el alcázar de la misma, esperan refuerzos que serán rechazados por las tropas sitiadoras cristianas. Éstas, a su vez, a una prudencial distancia de las murallas de la ciudad instalan su dispositivo que rodea completamente a la misma ciudad. Tras un foso instalan su barrera o muro de tapial. Tras él, instalan sus torres de maderas o "cadahalsos"; y a una distancia de tiro emplazan sus ingenios de asedio y tiro como los trabucos. La conquista de la ciudad de Algeciras (1344, Cádiz), tras rechazar los sitiadores diversos intentos de refuerzos musulmanes tanto por mar como por tierra, marca el fin de una época de la Reconquista, y  da el control del estrecho a Castilla y León, dejando casi aislada a Granada que sólo cuenta con sus puertos de Málaga y Almería para mantener sus comunicaciones en medio de un mar controlado por las flotas de Castilla, Aragón y Génova. Así mismo, marcará el fin de la intervención de poderes norteafricanos en lo que resta de reconquista. Por otra parte, la llegada de los benimerines hacia 1270 había puesto de manifiesto las bondades militares de uno de sus aliados: la tribu beréber de los zenetas. Éstos basaban su manera de hacer la guerra en el extensivo uso de la caballería ligera, armado de adargas, jabalinas y un tipo de espada que llegó a definirse como "espada gineta". Estos cuatro elementos fueron adoptados tanto por andaluces como cristianos peninsulares (excepto el caso de la espada), y así, aunque Castilla-León siempre había contado con un abundante cuerpo de caballería, se recalcó la importancia de la ligera, sin perder la preeminencia de la pesada. Un ejemplo de esa "espada gineta", se puede observar en el Museo del Ejército siendo el ejemplar mostrado el perteneciente a Boabdil el Chico, último rey de Granada, cuando fue capturado en Loja.
 

Armadura completa. S. XIV-XV3. Aljubarrota (1385, Leiria, Portugal). Fue la más grave derrota infligida por los portugueses a Castilla. Supuso la independencia definitiva del reino portugués y el afianzamiento de su conciencia nacional. Además de la tradicional lucha entre Castilla-León y Portugal, este conflicto también se encuadra dentro de los acontecimientos que conllevó la Guerra de los Cien años. A la muerte del antiguo soberano, Juan II de Castilla junto con un bando de Portugueses intentó reclamar sus derechos dinásticos al trono portugués, o al menos cederlos a una persona de su confianza. Llevó la lucha hasta Lisboa, que no pudo tomar debido a la férrea defensa que hicieron sus ciudadanos, encabezados por el nuevo aspirante al trono, Juan, Maestre de la Orden Militar de Avis. Éste contaba con la ayuda de los ingleses, que siempre estaban dispuestos a colaborar en cualquier empresa que debilitara a los castellanos, aliados de los franceses en su lucha contra Inglaterra. En la retirada hacia Castilla de dicha campaña fue donde se produjo la decisiva batalla. Afortunadamente, y debido a su transcendencia para el país vecino, el campo de batalla fue intensamente excavado entre los años 1958-1960, cuando el ministerio portugués quería establecer en dicha zona un campamento permanente para la formación de las Mocedades Portuguesas de adoctrinamiento y educación en el culto patrio. Las excavaciones, aunque por su premura y antigüedad requieren una profunda revisión, lograron sacar a la luz importantes vestigios y aclarar numerosas dudas sobre el conflicto en sí. Por ejemplo, durante las excavaciones en Aljubarrota, se demostró que las tropas portuguesas habían tenido tiempo de fortificarse, excavando trincheras y construyendo algunas empalizadas, antes del ataque de los castellanos. Así mismo, se pudo comprobar la presencia de arqueros ingleses entre las tropas portuguesas, ya que en un montículo que se había reforzado con empalizadas se encontraron restos de los típicos arcos ingleses, sus flechas y otros utensilios que demostraron la existencia de una alianza anglo-portuguesa ante el ataque castellano. Dichos montículos se encontraban detrás de un linea principal de trincheras al fondo del valle así como sobre las pequeñas lomas que rodean dicho final. Se hallaron diversas zanjas, auténticas trincheras, unas relacionadas con empalizadas y otras no. En una de éstas últimas de 182m se encontró en su fondo grandes cantidades de cantos rodados, del tipo que debieron utilizar los honderos portugueses para frenar la carga de la caballería castellana y lusitana. Así mismo se demostró la existencia de un entramado organizado de hoyos o pequeñas trincheras, denominadas "pozos de lobo", destinadas a ser camufladas y así detener la carga de la caballería castellana cuando los caballos cayeran inesperadamente en dichos agujeros, al tiempo que los honderos portugueses y arqueros ingleses remataban la faena asando a caballeros y jinetes bajo su lluvia de proyectiles. El resultado parece evidente: la vanguardia castellana -formada por su caballería pesada con jinetes y monturas acorazados- había cargado frontalmente a lo largo del valle hacia lo que parecía un delgada línea de defensores lusitanos, para encontrarse entrampada a mitad de camino entre esas trincheras y pozos de lobo, sufriendo la descarga de proyectiles enemigos. La flor de la caballería castellana, que conformaban la vanguardia aquel día, se perdería en ese campo lusitano, Juan II de Castilla lograría retirarse apresuradamente hacia su reino, y los portugueses, bajo Juan de Avis, conseguían confirmar su independencia. El campo cuenta con un museo propio donde se pueden contemplar los objetos hallados así como paneles explicativos. Por otra parte, no hay que dejar de pasar por el cercano monasterio de Batalha, a unos 15 km, levantado por el nuevo monarca portugués, Juan II (Juan I de Avís), en conmemoración de tan glorioso fasto para la historia lusa; y donde, en la actualidad, se guarda la tumba al soldado desconocido portugués.


LAS RUTAS DE LOS CAMPOS DE BATALLA MEDIEVALES

    Echemos un vistazo a cómo podríamos integrar nosotros esas visitas a los campos de batalla medievales, anteriormente descritos, dentro de nuestro tiempo de ocio.

    Empecemos por el Campo de Calatrava. En esta zona, teniendo como base Ciudad Real y nada más salir hacia el Sudeste, en las propias afueras de la ciudad tenemos Alarcos. Es más cómodo llegar por la N-420 con dirección sur a Poblete (a 6 Km de la ciudad), y desde allí se puede ir andando o en coche al sitio de la batalla y la fortaleza excavada, estando los materiales muebles en el museo de la ciudad. También, desde Ciudad Real, podemos coger la carretera comarcal hacia el Sudoeste que la une a Calzada de Calatrava; y desde allí una bifurcación hacia el sudeste nos llevará a los castillos de Salvatierra y Calatrava la Nueva (excavándose), que guardaban el paso a la meseta manchega. Si seguimos recto el mismo camino que llevábamos hasta Calzada, éste nos llevará a Almuradiel, conectando con la autovía de Andalucía IV. Camino al sur nos dirigimos al campo de batalla de las Navas de Tolosa, que quedará a entera imaginación del visitante ya que no se ha excavado nada. Se encuentra situado en la misma carretera, poco después de pasar Despeñaperros y justo antes de llegar a La Carolina, aunque la batalla en sí se supone que se desarrollaría alrededor de Miranda del Rey, o entre ésta y Sta. Elena. Por otro lado, desde Almuradiel, si continuamos hacia el Este cogeremos la carretera comarcal que nos lleva a Castellar de Santiago, Torre de Juan Abad y, finalmente, Montiel, donde podremos contemplar las ruinas del otrora fuerte castillo, a cuyas sombras cambió la historia dinástica de España (b. 1369).
mapa de batallas medievales
    Otra ruta, en este caso gran viaje, es la que podríamos iniciar en Badajoz. Veríamos la alcazaba y el campo de batalla de Sagrajas (b. 1086,digamos lo que queda de él, y teniendo en cuenta que no se ha excavado nada). Pasaríamos  a introducirnos en Portugal, por la autopista hasta Lisboa. Desde allí podemos coger la carretera costera (IC-1), que une la capital con Torres Vedras, Alcobaça y Leiría. Precisamente entre estas dos poblaciones es donde se encuentra el campo de batalla de Aljubarrota, excavado y con museo propio, y el monasterio de Batalha, levantado en conmemoración de la victoria lusa. Podemos seguir dirección norte hasta Aveiro, para luego coger la autopista que une el país vecino con Ciudad Rodrigo (Salamanca). De allí a Salamanca, y Zamora por la N-620 y N-630. Desde esa ciudad cogemos la N-122 hacia el Este que la comunica con Toro (b. 1476) y Tordesillas (Por cierto, pasaremos a no más de 4 km al sur de Villalar, donde tuvo lugar la famosa batalla entre los comuneros y las tropas imperiales a comienzos del s. XVI). De Tordesillas cogemos la autovía VI hasta Medina del Campo (y su castillo de la Mota), y de allí la comarcal a la amurallada Olmedo (20 km al Este, bs. 1445 y1467), para luego subir por la N-601 a Valladolid  y coger la autopista E80-620, hasta Burgos. De ahí la N-120 lleva hasta Logroño, pasando por Nájera (b. 1367, entre Pedro I y Enrique II) y recorriendo el mismo camino de Santiago.

    Para visitar Uclés, lugar de batalla (b.1108) y cabeza de la Orden de Santiago es mucho más fácil llegar a Tarancón por la autovía III que une dicha ciudad con Madrid. Siguiendo por la misma, una bifurcación a 8 km de Tarancón hacia el norte nos llevará hasta Uclés.
 

    Visitas a museos: Museo de Ciudad Real, Museo Arqueológico Nacional (Madrid), Monasterio de las Huelgas (Burgos), tesoro catedralicio de Toledo, tesoro catedralicio de Sevilla, Monasterio de Sta. María de Huertas (Soria), Museo Arqueológico de Badajoz (alcazaba), Museo Militar de Aljubarrota; y algo en el Museo del Ejército y Armería del Palacio Real (Madrid), aunque sus fondos datan principalmente desde fines del s. XIV en adelante.
 
 
BIBLIOGRAFÍA SOBRE LA GUERRA EN LA BEM en la Península Ibérica (actualizado sept 2013)
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    Bilbliografía básica:

    CONTAMINE, P. La guerra en la Edad Media (1984)

    1.      ARIAS GUILLÉN, F.  Guerra y fortalecimiento del poder regio en Castilla. El reinado de Alfonso XI. CSIC, 2012

    2.      FERNÁNDEZ DE LARREA ROJAS, J.A. El precio de la sangre. Ejércitos y sociedad en Navarra durante la Baja Edad Media (1259-1450). Madrid, 2013.

    3.      ECHEVARRÍA ARSUAGA, A. Caballeros en la frontera. La guardia morisca (1410-1467). UNED, 2006

    4.      FERRER Y MALLOL, M.T. Entre la paz y la guerra. Madrid, 2005.

    5.      GARCÍA DE CASTRO, F.J. La marina de guerra de la Corona de Castilla en la Baja Edad Media. Desde sus orígenes hasta el reinado de Enrique IV. Tesis doctoral, Univ. Valladolid, 2011.

    6.      GARCÍA FITZ, F.  Relaciones políticas y guerra. La experiencia castellano-leonesa frente al Islam (s. XI-XIII). Sevilla, 2002

    7.      GOMES MARTINS, M. ParaBellum. Organização e Prática da Guerra em Portugal Durante a Idade Média. Tesis doctoral, Univ. Coimbra, 2008

    8.      LADERO QUESADA, M.A. Ejércitos y armadas de los Reyes Católicos. Nápoles y el Rosellón, 1494-1504. Madrid, 2010.

    9.      LAFUENTE GÓMEZ, M. La guerra de los Dos Pedros en Aragón (1356-1366). Tesis doctoral. UNIZAR, 2009 (versión resumida en: Dos coronas en guerra. Zaragoza, 2012)

    10.  QUESADA, F. Ultima ratio regis. Control armas (Polifemo, 2009)

    11. SAIZ SERRANO, J. Guerra y nobleza en la corona de Aragón. La caballería en los ejércitos del rey (siglos XIV-XV). Tesis doctoral, Valencia, 2003 (versión: Caballeros del rey. Nobleza y guerra en el reinado de Alfonso el Magnánimo, Valencia , 2008)

    12. SOLER DEL CAMPO, A. La evolución del armamento medieval en el reino castellanoleonés y Al-Andalus (s. XII-XIV). Madrid, 1993.

    13. VVAA. Historia Militar de España. Dir. H. O´Donell, coord. M.A. Ladero. Vol. II (Madrid, 2010)

    14. VVAA. Conquistar y defender. Los recursos militares en la Edad Media hispánica. Número extraordinario de la Revista de Historia Militar, 2001.

    15. VVAA Oxford encyclopedia of Medieval warfare… Oxford, 2010

Esperamos que las disfrutéis. Si hay tiempo y espacio iremos ampliando la información. En cualquier caso son de obligada lectura el libro de HUICI MIRANDA sobre las batallas de la Reconquista, así como los dos últimos libros aparecidos en conmemoración del centenario de la batalla de Alarcos.

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© Jose Manuel Rodriguez, abril, 1998


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